"Es curioso viajar sin que pase el tiempo..."
El tiempo pasa, y sigue pasando, sin llevarnos consigo, dejándonos aquí, ahogándonos en las lágrimas de una infancia que nunca termina. A lo largo de nuestra existencia nos hemos ido llenando de heridas, unas más profundas que otras, pero probablemente las que más afectan, las que más nos marcan, son aquellas que recibimos en la niñez. Cuando somos niños, víctimas de nuestra inocencia y de nuestra forma de concebir y entender el mundo, estas llagas llegan a ser más intensas, atraviesan nuestra piel frágil, dejándola llena de cicatrices que parecen necias a desvanecerse, sin importar el tiempo que ha pasado. Son estas heridas las que nos obligan a detenernos mientras vemos pasar el tiempo, incapaces de acompañarlo, estancados en el dolor. Y la soledad que sentimos en la etapa pueril, se resiste a abandonarnos, a permitir que sintamos compañía aún con nuestros amados; la soledad y el dolor nos dejan un vacío que los años no logran jamás llenar.
Mientras somos pequeños, desde luego, no sabemos mucho del mundo, somos un manojo de inocencia, lo que parece ponernos en una enorme desventaja. Concebimos el cosmos con esos ojos dulces que, aunque dotados de inteligencia, carecen de experiencia y de sabiduría, lo que influye en gran medida en nuestro percibir, y sobre todo, en nuestro sentir. Los miedos, las tristezas, los malos ratos le llegan a un niño de forma más pura, con una intensidad que no se ha disuelto con nada, y uno solo se confunde con estos sentimientos nuevos que abruman corazones indefensos. Y en la mayoría de las ocasiones, lo que acontece se traduce en el pensar pueril como algo de lo que uno es culpable sin haber notado que hizo, o de lo que uno es parte sin entender por qué, y solo buscamos escondernos al no comprender por qué los adultos complican tanto la vida que nos rodea.
De esta forma, no entendemos del todo lo que sucede a nuestro alrededor, y nos vemos más afectados por los gritos y enojo de quienes debieron amarnos tanto que nos trajeron al mundo, y no podemos más que sentir como heridas profundas se van abriendo paso en nuestra piel y nuestra alma mientras intentamos acallar las voces subidas de tono y el dolor que estas causan. Así, el intenso sentir infantil, permite, sin poder evitarlo, que el actuar adulto de aquellos que más amamos nos atraviese de formas que se niegan a ser olvidadas y sanadas a pesar del crecimiento. Esto resulta sumamente confuso y tortuoso, ya que estas personas a su vez suponen ser quienes más nos aman, quienes más deberían cuidarnos y protegernos, pero ¿Quién nos protege de ellos, quienes terminan no siendo empáticos con el pensar y sentir de un niño?
En ocasiones, tal como es mencionado en uno de los poemas, contamos con nuestros hermanos, otros niños que nos acompañan y nos ayudan a buscar un escondite donde estos gritos no nos alcancen, y cantan con nosotros cancioncitas que ensordecen aquello que nos atormenta. Pero al mismo tiempo, estos niños están atravesando por el mismo dolor, y uno siente que debe encontrar la forma de cuidar al otro, desde luego, sin saber cómo. Y así, terminamos estando solos una vez más, incapaces de salvar a quienes crean juegos para distraernos, una cosa más de la cual sentirnos culpables, una cosa más con la que no debería lidiar un niño, y otra que nos aleja y a veces nos hace encerrarnos en nosotros mismos, dejándonos en una soledad abrumadora e hiriente.
Y así, el tiempo sigue avanzando, de cierta manera sin mostrar misericordia de los corazones heridos, mientras que nosotros nos encontramos tan lastimados que a penas podemos movernos. Nuestro cuerpo, y nuestra casa que nunca fue un hogar, envejecen, pero el dolor, aunque adormecido, no deja de existir. Éste, a nuestro pesar, nos mantiene atrapados en el pequeño limbo que fueron los años infantiles, amargos pero dulces, con alegrías y dolores que surgen de quienes nos cuidan y dañan a la vez. Desmenuzamos aquellos días, intentando comprender qué hicimos mal, o qué no hicimos, y justificamos e intentamos ser empáticos con nuestros cuidadores, hasta que un día los perdonamos a ellos, pero tal vez no a nosotros. Y con los pocos ánimos, la poca movilidad que nos queda, buscamos sanar, con la esperanza de un día poder alcanzar el tiempo que se nos escapa constantemente.
Me encantó, creo que es una muy linda forma de explicar como es que los problemas de la infancia (que nunca nos pertenecieron) pueden llegar a afectarnos tanto en su momento, como a futuro.
ResponderEliminarOh, las desventuras de la infancia. Este texto me sabe en lo más profundo, es muy sencillo identificarse y sentirse familiarizado con lo que aquí describes, se siente íntimo y transparente. Definitivamente el tiempo es cruel, y nunca suficiente para remendar esos rotos trascendentales. Una prueba más de que le hemos enjaretado dolores innecesarios al mundo en nuestros torpes intentos de amar
ResponderEliminarNuestro cuerpo, y nuestra casa que nunca fue un hogar, envejecen, pero el dolor, aunque adormecido, no deja de existir. Es delicada cada palabra, refleja una situación que acompaña a muchos de nosotros. No logro descifrar como es que el ser humano de alguna manera termina dañando lo que dice amar. Tuve emociones encontradas, logre conectar. Es bueno.
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