El vino, la cerveza y mi alter ego.
No es que esto esté escrito por una borracha, pero hay que admitir que, de vez en cuando, esa última copa nos desinhibe, empodera, nos da fluidez y nos libera.
El alcohol ha acompañado al hombre a lo largo de la historia. Desde hace más de seis mil años sus efectos en el sistema nervioso central, nos han hecho sentir más relajados, menos ansiosos y con una mayor capacidad para interactuar con los demás, lo cual, a veces, interpretamos como “seguridad”.
Es innegable que el consumo de la bebida se ha vuelto parte integral de la vida social y cultural. Y aunque fácilmente puede ser el causante de muchas disputas, accidentes e incontables desgracias también nos ha dado ese “empujoncito” que a veces necesitamos y que nos infunde coraje ¿A que se debe eso?
El etanol (presente en la mayoría de bebidas alcohólicas) se absorbe en el torrente sanguíneo y llega al cerebro, donde puede tener varios efectos en la psicología y el comportamiento. Ahi reduce la actividad en las áreas cerebrales responsables del juicio y aumenta la producción de dopamina, una sustancia química neuronal que está asociada con el placer y la recompensa, lo que puede hacernos sentir más eufóricos y confiados.
Si bien nos ayuda a desbloquear nuestra capacidad para ser más abiertos y expresivos, y nos da el aliento para explorar nuevas posibilidades y experiencias también nos impide medir las repercusiones y consecuencias nublando nuestra capacidad crítica. Por esto mismo hay que ser consciente de nuestros límites y hay que tomar decisiones informadas y saludables que nos permitan disfrutar responsablemente de un buen trago.
¡Salud!
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