El lápiz: herramienta para la revolución.
En un mundo dominado por las armas, ¿qué es más revolucionario que el uso de un lápiz? Se encuentra al alcance de todos, pasa tan desapercibido que a veces no notamos el inmenso poder que esta pequeña herramienta nos brinda, pero un niño de doce años puede usarlo para caricaturizar a su profesor más pedante o un artista experto hace con él el boceto de una pintura renacentista. Sin importar en qué presentación venga o quién lo posea, el lápiz no pierde su poder y, si se usa con maestría, su alcance puede rebasar las barreras del espacio y el tiempo.
Se adapta a los talentos y las necesidades, si te domina el deseo de escribir un poema o una carta de amor (porque no hay que olvidar que amar también es revolución), entonces toma un lápiz. Por otro lado, la música que tiene su propio lenguaje; las notas, los corchetes e, incluso, los silencios requieren de escribirlos, ya sea para compartir o, simplemente, para no olvidar. Por lo tanto, no importa cuál sea tu arte, un lápiz siempre viene bien para darle forma a las ideas y plasmarlas, así salen del mundo mental y se vuelven tangibles, como si pudieran ser eternas.
Con el lápiz podemos equivocarnos, borrarlo y volver a intentar, se adapta a nuestra humanidad. Sin importar cuántas veces erremos, esta herramienta no nos juzga pues viene con goma incluida, no nos hecha en cara nuestras faltas ya que no deja manchón y nos permite olvidar los desaciertos. El lápiz es indulgente.
Es un objeto frágil, delgado y pequeño. Y sin importar sus cualidades físicas, no es un instrumento anímicamente endeble, es versátil, más no débil. Las apariencias siempre engañan, es por eso que el lápiz podrá ser más peligroso que las armas, pues en su sutiliza inspira grandes acciones, movimientos, conocimientos, emociones y conexiones. Puedes matar a un hombre, pero no sus ideas.
Será entonces el lápiz nuestra propia extensión, una extremidad más del artista. Vital para la lucha, para encontrar la manera de ser vistos, leídos, escuchados, para no ser olvidados y permanecer, al menos para intentarlo.
Me encanta cómo escribes para darle un gran poder a un objeto que a simple vista intrascendental ha provocado muchos cambios en su historia, muy admirable este enfoque el del camino revolucionario.
ResponderEliminarEstoy enamorada de ti.
ResponderEliminarDesde ya te digo que eres mi escritora favorita. Lau, tu trabajo es increíble, la forma de describir, de otorgar cualidades o ejemplos, todo me tiene embelesada
Felicidades. Está muy chido tu texto. Yo, por ejemplo, fui muy lejos com el mio. Leyéndote me di cuenta que no es necesario ir tan lejos para escribir tan profundo o con sentimiento.
ResponderEliminarSiento que tus párrafos tienen música. Son contundentes, como piedras, son fuertes y además se van encadenando.
Fue inevitable pensar en un poema de Roque Dalton cuando dices que el amor es revolucionario: El amor es también revolucionario, camaradas, como el trabajo y la paz.
En definitiva me quedo con la frase "Puedes matar a un hombre pero no sus ideas". De diez.
Y finalmente el final de todo el texto "Al menos para intentarlo". Pienso que un escritor tiene que conocer su medida. El lenguaje que utiliza y dentro de esos límites moverse. Estar bien aterrizado. Con la vida pasa algo similar. La única certeza que tenemos es su final. Todo lo demás se nos va de las manos. Y en ese intento se nos va la vida. Caminando y errando. Nada más humano. Nada más vital.
La gente de a pie, como se dice, vive. El escritor salvaje vive y escribe.
Ya me extendí demasiado. Gracias por tu texto